Los padres realmente unidos son invariablemente buenos padres. La razón de ello se puede advertir en términos "estructurales", por así decirlo: Si se construye sobre bases firmes (y la base es el matrimonio) los niveles superiores (los hijos) será igualmente firmes. Siempre, claro está, que se tenga cierto sentido, cierta "ciencia" de lo que es el matrimonio. De lo contrario sucede con en las paradojas que ya Platón ilustraba en su República: la incapacidad de los padres honestos para educar hijos honestos. En tales casos hay secretas fracturas, conocimientos deficientes, debilidades de carácter que alimentan como leña al fuego la rebeldía de los hijos. Y por otra parte, como quiere Dominian: "En la esfera de los hijos también influye la madurez de la pareja. Los padres (sobre todo las madres) tienden a anteponer las necesidades de los niños a las suyas propias. Hasta cierto punto es así como debe ser, pero los padres siguen teniendo sus necesidades y éstas no deben ser ignoradas" (Dominian: 1996, p. 133).
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